SECCION 7 >
TRASTORNOS MENTALES
CAPITULO 81
Trastornos psicosomáticos
El término trastorno psicosomático
no tiene una definición precisa. En la mayoría de los
casos se aplica a los trastornos que se consideran originados por factores
psicológicos. Sin embargo, no existen trastornos físicos
que estén originados exclusivamente por factores psicológicos.
Es más, un trastorno físico necesariamente tiene que tener
un componente biológico (un factor esencial para que ocurra la
enfermedad).
Por ejemplo, para contraer la tuberculosis, una
persona tiene que estar infectada por la bacteria Mycobacterium que
causa la enfermedad. Pero muchas personas infectadas por el Mycobacterium
tienen sólo una enfermedad leve o sencillamente no la padecen.
Son necesarios otros factores para que se produzca la tuberculosis como
tal enfermedad, lo cual incluye posiblemente una predisposición
hereditaria, factores ambientales (como vivir en condiciones de hacinamiento),
la presencia de desnutrición y el estrés social o psicológico
(como la pérdida de un ser querido) y su consecuente reacción
emocional, la depresión. Los factores biológicos, ambientales,
sociales y psicológicos se combinan para que alguien infectado
por el Mycobacterium enferme de tuberculosis. El término psicosomático
abarca esta combinación de factores.
Interacción cuerpo-mente
El estrés social o psicológico puede
desencadenar o agravar una amplia variedad de enfermedades, como la
diabetes mellitus, el lupus eritematoso sistémico (lupus), la
leucemia y la esclerosis múltiple. Sin embargo, la importancia
relativa de los factores psicológicos varía ampliamente
entre diferentes personas con el mismo trastorno.
La mayor parte de la gente, basándose en
su intuición o en su experiencia personal, cree que el estrés
emocional puede precipitar o alterar el curso incluso de enfermedades
físicas más importantes. No está claro cómo
estos factores estresantes pueden actuar de este modo. Las emociones
pueden obviamente afectar a ciertas funciones corporales como la frecuencia
cardíaca, la sudación, los patrones del sueño y
el ritmo de las evacuaciones intestinales pero el establecimiento de
otras relaciones parece menos obvio. Por ejemplo, no han sido identificadas
las vías de comunicación y los mecanismos por los cuales
interactúan el cerebro y el sistema inmune. ¿Puede la
mente (el cerebro) alterar la actividad de las células blancas
(leucocitos) de la sangre y con ello el sistema inmune? Si esto es así,
¿cómo se comunica el cerebro con las células de
la sangre? Después de todo, los leucocitos de la sangre se mueven
por todo el cuerpo por el flujo sanguíneo o en el interior de
los vasos linfáticos y no están unidos a los nervios.
Sin embargo, las investigaciones han demostrado que esas relaciones
existen. Por ejemplo, la urticaria puede producirse por una alergia
física o por una reacción psicológica. La depresión
puede inhibir el sistema inmune, haciendo que una persona deprimida
sea más predispuesta a ciertas infecciones, como las causadas
por los virus del catarro común.
Por lo tanto, el estrés puede causar síntomas
físicos aunque no exista enfermedad orgánica. El cuerpo
responde fisiológicamente al estrés emocional. Por ejemplo,
el estrés puede causar ansiedad, que a su vez activa el sistema
nervioso autónomo y las hormonas, como la adrenalina, aumentan
el ritmo cardíaco, la presión arterial y la cantidad de
sudor. El estrés también puede causar tensión muscular,
que producirá dolores en el cuello, la espalda, la cabeza o en
otros lugares. La alteración emocional que desencadenó
los síntomas puede ser pasada por alto si tanto el paciente como
el médico asumen que éstos eran causados por una enfermedad
orgánica. Pueden llegar a realizarse muchas pruebas diagnósticas
infructuosamente, tratando de descubrir la causa del aumento del ritmo
cardíaco, de los dolores de cabeza o de los dolores de espalda,
por ejemplo.
Los factores psicológicos pueden influir
indirectamente el curso de una enfermedad. Por ejemplo, algunas personas
gravemente enfermas niegan estarlo o niegan su gravedad. La negación
es un mecanismo de defensa que ayuda a reducir la ansiedad y hace más
tolerable una situación amenazadora. Si la negación alivia
la ansiedad, puede resultar beneficiosa. Sin embargo, la negación
puede impedir que una persona cumpla un tratamiento, lo cual puede acarrear
consecuencias graves.
Por ejemplo, una persona con diabetes que niega
la necesidad de las inyecciones de insulina y el control de una dieta
estricta, puede sufrir marcadas variaciones en los valores de azúcar
en sangre y corre el riesgo de tener complicaciones como el coma diabético.
De forma similar, un alto porcentaje de personas con presión
arterial elevada (hipertensión) o epilepsia no toman sus medicaciones
como deberían hacerlo.
La interacción cuerpo-mente es una vía
de doble dirección. No solamente pueden contribuir los factores
psicológicos al inicio o al agravamiento de una amplia variedad
de trastornos físicos, sino que también las enfermedades
físicas pueden afectar al pensamiento de una persona o a su estado
de ánimo. Las personas con enfermedades graves, recurrentes o
crónicas, generalmente se deprimen. Aunque la depresión
en estas circunstancias puede aparecer como una reacción normal,
el estado mental merece atención. La depresión puede empeorar
los efectos de la enfermedad orgánica y se añade a los
padecimientos de la persona. A menudo mejora estas situaciones un tratamiento
adecuado como el uso de antidepresivos.
Una persona que está ansiosa o deprimida
puede expresar una preocupación por un problema físico.
Este fenómeno es más frecuente en las personas deprimidas
que parecen incapaces de aceptar que sus síntomas son primariamente
psicológicos. La depresión puede conducir a insomnio,
pérdida de apetito, pérdida de peso y cansancio extremo.
En lugar de decir estoy tan deprimido, la persona cree que
la causa de su sintomatología es causada por un trastorno físico.
Esto se conoce como depresión enmascarada. Algunas
personas son capaces de admitir que se encuentran deprimidas, pero entonces
tratan de explicarlo como resultado de un trastorno físico.
Síntomas
de conversión
Un mecanismo por el cual el estrés psicológico
y social puede producir una enfermedad es la conversión. En la
conversión, la persona inconscientemente convierte un conflicto
psicológico en un síntoma físico. Esto desvía
su atención de un problema emocional perturbador hacia un problema
físico que puede ser menos temible. Cualquier síntoma
virtualmente imaginable puede transformarse en un síntoma de
conversión. A veces un síntoma de conversión es
una metáfora del problema psicológico. Por ejemplo, una
persona con dolor en el pecho puede estar sufriendo simbólicamente
el dolor de un corazón herido después de ser rechazado
por un ser querido o una persona con dolor de espalda puede estar sintiendo
que sus problemas son demasiado difíciles de soportar.
Un síntoma de conversión puede también
originarse por identificación con alguna otra persona que tuvo
dicho síntoma. Por ejemplo, una persona puede tener dolor en
el pecho, sugiriendo la posibilidad de un ataque cardíaco, después
de que alguno de sus progenitores, parientes o compañeros de
trabajo hayan sufrido un ataque cardíaco previo. O un varón
puede desarrollar el síntoma de dolor torácico a medida
que se aproxima a la edad en la que su padre murió de un ataque
cardíaco.
Finalmente, el síntoma de conversión
puede no ser ni una metáfora ni el resultado de la identificación
con otra persona, sino la reedición de un síntoma de un
trastorno físico previo. Por ejemplo, una persona que una vez
tuvo una fractura ósea dolorosa puede volver a sentir aquel tipo
de dolor óseo como expresión de un síntoma de conversión.
Una persona que presenta episodios de dolor torácico debido a
una enfermedad coronaria (angina), puede en ocasiones experimentar un
dolor similar como expresión de un síntoma de conversión
(el dolor entonces recibe el nombre de seudoangina)
Los síntomas de conversión difieren
del trastorno de conversión en que en éste los síntomas
físicos se asemejan más a menudo a los de una enfermedad
neurológica. Los síntomas de conversión son más
leves y transitorios y afectan a personas que no tienen una grave enfermedad
psiquiátrica subyacente. Cualquiera puede tener síntomas
de conversión. Los síntomas pueden ser difíciles
de diagnosticar para el médico y es probable que un paciente
que los presente tenga que someterse a varias pruebas diagnósticas
que aseguren que no existe un trastorno físico como origen de
los mismos.
En general, los síntomas de conversión
desaparecen con bastante rapidez tras una evaluación de los mismos
y una confirmación por parte del médico. Cuando estos
síntomas reaparecen o se prolongan y llegan a hacerse discapacitantes,
la causa puede residir en un trastorno somatoforme.