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TRASTORNOS DEL SISTEMA INMUNITARIO
CAPITULO 168
Trastornos debidos a inmunodeficiencia
Los trastornos debidos a inmunodeficiencia
son un grupo de enfermedades diversas en las que el sistema inmunitario
no funciona de forma adecuada, y en consecuencia las infecciones son
más frecuentes, recurren con más frecuencia, por lo general
son graves y duran más de lo habitual.
Las infecciones frecuentes y graves (tengan lugar
en un recién nacido, un niño o un adulto) que no responden
inmediatamente a los antibióticos sugieren la existencia de un
problema en el sistema inmunitario. Algunos problemas del sistema inmunitario
también derivan en cánceres raros o infecciones inusuales
por virus, hongos y bacterias.
Causas
La inmunodeficiencia puede estar presente desde
el nacimiento (inmunodeficiencia congénita) o puede desarrollarse
con el paso de los años. Los trastornos de inmunodeficiencia
presentes desde el momento del nacimiento suelen ser hereditarios. A
pesar de no ser muy frecuentes, se conocen más de 70 trastornos
de inmunodeficiencia hereditarios diferentes. En algunos de ellos, el
número de glóbulos blancos disminuye; en otros, el número
es normal, pero los glóbulos blancos funcionan mal. En un tercer
grupo, los glóbulos blancos no resultan afectados, pero otros
componentes del sistema inmunitario son anormales o faltan.
La inmunodeficiencia que se produce a una edad más
avanzada (inmunodeficiencia adquirida) suele estar causada por una enfermedad.
La inmunodeficiencia adquirida es mucho más frecuente que la
inmunodeficiencia congénita. Algunas enfermedades causan sólo
un deterioro menor del sistema inmunitario, mientras que otras pueden
destruir la capacidad del cuerpo para combatir la infección.
La infección causada por el virus de inmunodeficiencia humana
(VIH), que deriva en el síndrome de inmunodeficiencia adquirida
(SIDA), es muy conocida. El virus ataca y destruye los glóbulos
blancos que normalmente combaten las infecciones víricas y fúngicas.
Sin embargo, muchas enfermedades distintas pueden debilitar el sistema
inmunitario. De hecho, casi toda enfermedad grave prolongada afecta
al sistema inmunitario en cierta medida.
Las personas que padecen problemas en el bazo tienen
cierto grado de inmunodeficiencia. El bazo no sólo ayuda a atrapar
y destruir bacterias y otros organismos infecciosos que entran en el
flujo sanguíneo, sino que también es uno de los centros
del cuerpo donde se producen anticuerpos. El sistema inmunitario resulta
afectado si el bazo es extirpado o si es destruido por una enfermedad,
como la drepanocitosis. Las personas que no tienen bazo, especialmente
si son niños, son particularmente susceptibles a ciertas infecciones
bacterianas, como las causadas por Hemophilus influenzae, Escherichia
coli y Streptococcus. Los niños que no tienen bazo deberían
recibir vacunas neumocócicas y meningocócicas además
de las vacunas que habitualmente se aplican en la infancia. Los niños
pequeños que no tienen bazo toman antibióticos continuamente
durante al menos los cinco primeros años de su vida. Toda persona
aquejada de una deficiencia en el bazo debería tomar antibióticos
al primer signo de una infección con fiebre.
La desnutrición también puede afectar
gravemente al sistema inmunitario. La desnutrición puede suponer
una deficiencia de todos los nutrientes, o bien de proteínas
y ciertas vitaminas y minerales (especialmente vitamina A, hierro y
zinc). Cuando la desnutrición resulta en un peso corporal menor
al 80 por ciento del peso ideal, habitualmente el sistema inmunitario
está afectado. Cuando el peso se reduce a menos del 70 por ciento
del ideal, el sistema inmunitario está habitualmente gravemente
afectado. Las infecciones, que son frecuentes en las personas con sistemas
inmunes debilitados, eliminan el apetito y aumentan las demandas metabólicas
del cuerpo, lo que produce un círculo vicioso de desnutrición
cada vez más grave.
Hasta qué punto resulta afectado el sistema
inmunitario depende del grado y de la duración de la desnutrición
y de la presencia o ausencia de una enfermedad subyacente, como el cáncer.
Cuando se recupera un buen estado de nutrición, el sistema inmunitario
vuelve rápidamente a la normalidad.
Síntomas
En un año, la mayoría de los niños
sanos contraen un promedio de seis o más infecciones poco importantes
en el tracto respiratorio, en particular cuando están en contacto
con otros niños. Por el contrario, los niños con inmunidad
deficiente contraen infecciones bacterianas graves que persisten, recurren
o producen complicaciones. Por ejemplo, estos niños suelen presentar
infecciones de senos, infecciones crónicas de oído y bronquitis
crónica tras un dolor de garganta o un resfriado. La bronquitis
puede derivar en pulmonía.
La
piel y las membranas mucosas que recubren la boca, los ojos y los genitales
son susceptibles de infectarse. Una infección fúngica
de la boca, junto con las llagas de la boca (úlceras) y la inflamación
de las encías, pueden ser un primer signo de inmunidad debilitada.
La inflamación ocular (conjuntivitis), la pérdida de cabello,
el eccema grave y la presencia de zonas de grandes capilares rotos bajo
la piel también son signos de un posible trastorno por inmunodeficiencia.
Las infecciones del tracto gastrointestinal pueden producir diarrea,
gran cantidad de gases y pérdida de peso.
Diagnóstico
Al principio puede resultar difícil diagnosticar
un problema hereditario del sistema inmunitario. Cuando en repetidas
ocasiones se producen infecciones graves o raras, tanto en los niños
como en los adultos, el médico puede sospechar que se trata de
un trastorno de inmunodeficiencia. Como los trastornos de inmunodeficiencia
en los niños pequeños suelen ser hereditarios, la presencia
de infecciones recurrentes en otros niños de la familia es una
clave importante. Las infecciones con organismos comunes que normalmente
no hacen enfermar a las personas, como Pneumocystis o citomegalovirus,
sugieren un problema en el sistema inmunitario.
En los niños mayores y en los adultos, el
médico revisa el historial clínico para determinar si
un medicamento, la exposición a alguna sustancia tóxica,
una cirugía previa (como una amigdalectomía o adenoidectomía)
u otro trastorno, pueden haber sido la causa. El historial sexual también
es importante, ya que la infección por el virus de inmunodeficiencia
humana (VIH), una causa frecuente de disfunción inmune en los
adultos, suele contraerse a través del contacto sexual. Los recién
nacidos pueden estar infectados por el VIH si la madre también
lo está; los niños de más edad pueden infectarse
si sufren abusos sexuales.
El tipo de infección indica al médico
qué tipo de inmunodeficiencia es la que afecta a la persona.
Por ejemplo, cuando las infecciones están causadas por ciertas
bacterias como el Streptococcus, es probable que el problema radique
en que los linfocitos B no producen suficientes anticuerpos. Las infecciones
graves causadas por virus, hongos y organismos raros como Pneumocystis
generalmente derivan de problemas con los linfocitos T. Las infecciones
por las bacterias Staphylococcus y Escherichia coli suelen indicar que
los glóbulos blancos fagocíticos (células que matan
e ingieren microorganismos invasores) no se desplazan correctamente
o bien no pueden destruir los gérmenes invasores. Las infecciones
producidas por la bacteria Neisseria suelen indicar problemas en el
sistema del complemento, un grupo de proteínas de la sangre que
ayudan al cuerpo a eliminar la infección.
La edad a la que comienzan los problemas también
es importante. Las infecciones en los bebés menores de 6 meses
de edad suelen indicar anomalías en los linfocitos T; las infecciones
en los niños de más edad indican por lo general que existen
problemas con la producción de anticuerpos y linfocitos B. La
inmunodeficiencia que comienza en la edad adulta rara vez es hereditaria;
una causa mucho más probable son el SIDA u otras enfermedades
como la diabetes, la desnutrición, la insuficiencia renal y el
cáncer.
Para definir la naturaleza exacta del trastorno
de inmunodeficiencia es necesario realizar pruebas de laboratorio, generalmente
de la sangre. En primer lugar el médico determina el número
total de glóbulos blancos y el número de ciertos tipos
específicos de glóbulos blancos. Los glóbulos blancos
se examinan al microscopio para detectar anomalías en su aspecto.
Se comprueban las concentraciones de anticuerpos (inmunoglobulina),
así como el número de glóbulos rojos y plaquetas.
También se pueden cuantificar los niveles de complemento.
Si alguno de los resultados es anormal, se realizan
pruebas adicionales. Por ejemplo, si el número de linfocitos
(un tipo de glóbulo blanco) es bajo, el médico puede cuantificar
las concentraciones de linfocitos T y de linfocitos B. Los análisis
de laboratorio incluso pueden determinar qué tipo de linfocito
T o B es el afectado. En el SIDA, por ejemplo, el número de linfocitos
T CD4 es menor en comparación con el número de linfocitos
T CD8.
Otro análisis de laboratorio ayuda a determinar
si los glóbulos blancos están funcionando con normalidad,
al medir su capacidad para crecer y dividirse en respuesta a ciertos
estímulos químicos llamados mitógenos. También
es posible analizar su capacidad para destruir células y organismos
extraños.
La función de los linfocitos T puede ser
analizada a través de una prueba de la piel en la que se comprueba
la capacidad de reacción del cuerpo ante sustancias extrañas.
En esta prueba se inyectan bajo la piel pequeñas cantidades de
proteína provenientes de organismos infecciosos comunes como
las levaduras. Normalmente el cuerpo reacciona enviando linfocitos T
a la zona, que se inflama ligeramente, se enrojece y adquiere más
temperatura. Esta prueba no se realiza hasta que el niño tenga
dos años de vida.
Prevención y tratamiento
Algunas de las enfermedades que debilitan el sistema
inmunitario con el paso de los años pueden evitarse o bien recibir
tratamiento. Por ejemplo, el estricto control de las concentraciones
de azúcar en sangre en los diabéticos ayuda a mejorar
la capacidad de los glóbulos blancos para evitar infecciones.
Si un determinado cáncer recibe el tratamiento adecuado probablemente
se recupere el funcionamiento del sistema inmunitario. La práctica
del sexo con medidas de seguridad evita la propagación del VIH
(el virus que provoca el SIDA). El cuidado de la dieta puede evitar
los trastornos inmunes que derivan de la desnutrición.
Las personas que padecen trastornos de inmunodeficiencia
deberían mantener una excelente nutrición, tener una buena
higiene personal, evitar comer alimentos medio crudos y estar en contacto
con personas aquejadas de enfermedades infecciosas. Algunas personas
deben beber sólo agua mineral. Deben evitar fumar, inhalar humo
de cigarrillo de otras personas y consumir drogas ilegales. El estricto
cuidado dental ayuda a evitar infecciones en la boca. Se vacuna a los
que son capaces de producir anticuerpos, pero a las personas con deficiencia
de linfocitos B o linfocitos T sólo se les aplican vacunas de
bacterias y virus muertos y no vacunas vivas (como la vacuna oral contra
la poliomielitis, la vacuna contra el sarampión, la parotiditis
y la rubéola y la vacuna del BCG).
Ante el primer signo de infección se administran
antibióticos. Una infección que empeora rápidamente
necesita atención médica inmediata. Algunas personas,
en particular las afectadas por el síndrome de Wiskott-Aldrich
y las que carecen de bazo, toman antibióticos de forma preventiva
como medida profiláctica antes de que surjan las infecciones.
Para evitar la pulmonía suele administrarse trimetoprim-sulfametoxazol.
Los fármacos que estimulan el sistema inmunitario,
como levamisol, inosiplex y las hormonas tímicas, no han dado
buenos resultados en el tratamiento de personas con glóbulos
blancos escasos o de funcionamiento deficiente. Las bajas concentraciones
de anticuerpos pueden incrementarse mediante infusiones o inyecciones
de inmunoglobulinas, generalmente administradas una vez al mes. Las
inyecciones de interferón gamma resultan útiles en el
tratamiento de la enfermedad granulomatosa crónica.
Algunos procedimientos experimentales, como un trasplante
de células tímicas fetales y células hepáticas
fetales, ocasionalmente han dado buenos resultados, en particular en
las personas afectadas por la anomalía de DiGeorge. En la enfermedad
de inmunodeficiencia combinada grave con deficiencia de adenosina desaminasa,
a veces es posible realizar una reposición de enzimas. La terapia
génica promete dar buenos resultados en esta y en algunas otras
enfermedades congénitas por inmunodeficiencia en las que el defecto
congénito ha sido identificado.
El trasplante de médula ósea en ciertos
casos consigue corregir un defecto congénito grave del sistema
inmunitario. Este procedimiento generalmente queda reservado a los trastornos
más graves, como una inmunodeficiencia combinada grave.
La mayoría de las personas con glóbulos
blancos anormales no recibe transfusiones sanguíneas a menos
que la sangre del donante primero haya sido irradiada, puesto que los
glóbulos blancos de la sangre del donante pueden atacar a los
de la sangre del receptor, creando una enfermedad grave que puede llegar
a ser mortal (enfermedad del injerto contra el huésped).
Las personas pertenecientes a familias portadoras
de genes de inmunodeficiencias hereditarias deben buscar asesoramiento
profesional para evitar tener hijos con el mismo trastorno. La agammaglobulinemia,
el síndrome de Wiskott-Aldrich, la enfermedad de inmunodeficiencia
combinada grave y la enfermedad granulomatosa crónica son algunos
de los trastornos que pueden ser diagnosticados en el feto tomando una
muestra de líquido amniótico o sangre fetal. Para varias
de estas enfermedades, los padres o hermanos pueden ser sometidos a
análisis para determinar si son portadores del gen defectuoso.
Agammaglobulinemia ligada al cromosoma X
La agammaglobulinemia ligada al cromosoma X (agammaglobulinemia
de Bruton), que afecta sólo a los niños, se debe a la
existencia de un reducido número (o ausencia) de linfocitos B
y muy bajas concentraciones de anticuerpos debido a un defecto en el
cromosoma X. Los niños afectados de agammaglobulinemia ligada
al cromosoma X contraen infecciones en los pulmones, los senos paranasales
y los huesos, generalmente a partir de bacterias como Hemophilus y Streptococcus,
además de algunas inusuales infecciones víricas en el
cerebro. Sin embargo, las infecciones no ocurren generalmente hasta
los seis meses de vida porque los anticuerpos protectores de la madre
permanecen en el flujo sanguíneo del bebé hasta ese momento.
Los niños con agammaglobulinemia ligada al cromosoma X pueden
contraer poliomielitis si se les aplica la vacuna antipoliomielítica
(una vacuna oral). También pueden padecer artritis.
Estas personas deben recibir inyecciones o infusiones
de inmunoglobulinas durante toda su vida para así disponer de
anticuerpos y de esta forma evitar las infecciones. Los antibióticos
son necesarios en cuanto se produce una infección bacteriana.
A pesar de estas medidas, muchos niños con agammaglobulinemia
ligada al cromosoma X desarrollan una infección crónica
de senos paranasales y pulmones y tienden a padecer cáncer.
Inmunodeficiencia variable común
La inmunodeficiencia variable común, que
se produce en individuos del sexo masculino y femenino de cualquier
edad, pero que generalmente no se desarrolla hasta los 10 o 20 años,
se caracteriza por la producción de muy bajas concentraciones
de anticuerpos, a pesar de que los valores de linfocitos B sean normales.
Los linfocitos T funcionan normalmente en algunas personas, pero en
otras no.
Suelen producirse trastornos autoinmunes, como un
fallo de las glándulas suprarrenales (enfermedad de Addison),
tiroiditis y artritis reumatoide. Es frecuente que la persona afectada
tienda a sufrir diarrea y que los alimentos que ingiere no sean bien
absorbidos por el tracto gastrointestinal. Estas personas reciben inyecciones
o infusiones intravenosas de inmunoglobulinas durante toda su vida y
antibióticos cuando se produce una infección.
Deficiencia selectiva de anticuerpos
En la deficiencia selectiva de anticuerpos, la concentración
total de anticuerpos es normal, pero existe una deficiencia en una clase
específica de anticuerpos. La deficiencia más frecuente
es la de la inmunoglobulina A (IgA). La deficiencia selectiva de IgA
afecta a toda la familia en algunos casos, pero casi siempre ocurre
sin causa aparente. Este trastorno también puede producirse por
usar fenitoína, un fármaco para evitar los ataques epilépticos.
La mayoría de las personas con deficiencia
selectiva de IgA no tiene casi ningún problema o ningún
problema aparente, pero otras pueden desarrollar infecciones respiratorias
crónicas y alergias. Algunas personas con deficiencia de IgA
producen anticuerpos anti-IgA si reciben transfusiones de sangre, plasma
o inmunoglobulina que contengan IgA, lo que les puede producir una grave
reacción alérgica la siguiente vez que reciban una dosis
de plasma o de inmunoglobulina. Llevar siempre una identificación
de alerta médica permite que se tomen precauciones contra estas
reacciones. Por lo general no se necesita tratamiento para la deficiencia
de IgA. Cuando se producen infecciones repetidas se administran antibióticos.

Inmunodeficiencia combinada grave
La inmunodeficiencia combinada grave es el más
serio de los trastornos de inmunodeficiencia. En esta enfermedad hay
una deficiencia de linfocitos B y de anticuerpos, a veces también
hay una deficiencia de linfocitos T o simplemente no funcionan, por
lo que las personas aquejadas son incapaces de combatir adecuadamente
las infecciones. La inmunodeficiencia combinada grave se produce a raíz
de varios defectos diferentes del sistema inmunitario, incluyendo la
deficiencia de la enzima adenosina desaminasa. Muchos bebés afectados
de inmunodeficiencia combinada grave primero contraen pulmonía
y muguet bucal (una infección fúngica de la boca); a los
tres meses de edad suelen tener diarrea. También pueden padecer
infecciones más graves, como neumonía causada por Pneumocystis.
Si no reciben tratamiento, estos niños suelen morir antes de
los dos años de vida. Los antibióticos y las inmunoglobulinas
son beneficiosos, pero no curativos. El mejor tratamiento es un trasplante
de médula ósea o de sangre de cordón umbilical.
Síndrome de Wiskott-Aldrich
El síndrome de Wiskott-Aldrich afecta sólo
a los niños y causa eccema, un bajo recuento de plaquetas y una
deficiencia combinada de linfocitos B y T que genera repetidas infecciones.
Como el número de plaquetas es bajo, el primer síntoma
puede ser un problema hemorrágico, como la diarrea con sangre.
La deficiencia de linfocitos B y T hace que los niños sean susceptibles
a las infecciones causadas por bacterias, virus y hongos. Las infecciones
del tracto respiratorio son frecuentes. Los niños que sobreviven
después de los 10 años de vida probablemente desarrollen
cánceres como linfoma y leucemia.
La extirpación quirúrgica del bazo
suele contribuir a aliviar los problemas hemorrágicos, porque
las personas afectadas del síndrome de Wiskott-Aldrich tienen
poca cantidad de plaquetas y éstas son destruidas en el bazo.
Los antibióticos y las infusiones de inmunoglobulinas pueden
ser beneficiosas, pero un trasplante de médula ósea es
el recurso terapéutico con mejores posibilidades.
Ataxia-telangiectasia
La ataxia-telangiectasia es una enfermedad hereditaria
que afecta tanto al sistema nervioso como al inmune. Las anomalías
en el cerebelo, una parte del cerebro que controla la coordinación,
producen la aparición de movimientos incoordinados (ataxia).
Dichos movimientos anormales suelen aparecer cuando el niño comienza
a andar, pero pueden retrasarse hasta los 4 años. Se producen
dificultades en el habla, debilidad muscular y, a veces, retraso mental.
Las telangiectasias, dilataciones de los capilares, son muy evidentes
en la piel y los ojos y se desarrollan entre 1 y 6 años de edad,
y por lo general es más llamativo en los ojos, las orejas, los
lados de la nariz y los brazos.
Con frecuencia se producen infecciones bronquiales,
pulmonía e infecciones de senos, que pueden derivar en problemas
pulmonares crónicos. Los trastornos del sistema endocrino pueden
ocasionar testículos pequeños, infertilidad y diabetes.
Muchos niños con ataxia-telangiectasia tienen cáncer,
en especial leucemia, tumores cerebrales y cáncer de estómago.
Los antibióticos y las inyecciones o infusiones
de inmunoglobulinas, en cierto modo ayudan a prevenir las infecciones,
pero no curan los problemas neurológicos. La ataxia-telangiectasia
generalmente avanza hasta causar debilidad muscular progresiva, parálisis,
demencia y la muerte.
Síndrome de hiper-IgE
El síndrome de hiper-IgE, también
llamado síndrome de Job-Buckley, es un trastorno de inmunodeficiencia
caracterizado por concentraciones muy altas de anticuerpos IgE y repetidas
infecciones por la bacteria Staphylococcus. Las infecciones pueden afectar
a la piel, los pulmones, las articulaciones u otros órganos.
Muchas personas afectadas por este síndrome tienen huesos débiles
y, en consecuencia, sufren fracturas recurrentes. Algunas presentan
signos de alergia, como eccema, congestión nasal y asma. El tratamiento
consiste en tomar antibióticos continuamente o bien de forma
intermitente para combatir las infecciones estafilocócicas. El
antibiótico trimetoprim-sulfametoxazol suele ser utilizado como
medida preventiva.
Enfermedad granulomatosa crónica
La enfermedad granulomatosa crónica, que
afecta principalmente a los niños, se produce debido a un defecto
hereditario en los glóbulos blancos que destruye su capacidad
de matar ciertas bacterias y hongos. Los glóbulos blancos no
producen peróxido de hidrógeno, superóxido y otras
sustancias que ayudan a combatir estas infecciones. Los síntomas
de la enfermedad suelen aparecer en la infancia pero pueden no comenzar
hasta el inicio de la adolescencia. Se producen infecciones crónicas
en la piel, los pulmones, los ganglios linfáticos, la boca, la
nariz y los intestinos. Pueden formarse abscesos alrededor del ano así
como en los huesos y el cerebro. Los ganglios linfáticos tienden
a agrandarse y reventarse, el hígado y el bazo también
aumentan de tamaño y es posible que el niño tenga un crecimiento
lento. Los antibióticos ayudan a tratar las infecciones. Se ha
demostrado que las inyecciones semanales de interferón gamma
disminuyen las infecciones. El trasplante de médula ósea
ha curado la enfermedad sólo en unos pocos casos.
Hipogammaglobulinemia transitoria de la infancia
En la hipogammaglobulinemia transitoria de la infancia,
los bebés pueden presentar bajas concentraciones de anticuerpos
a partir de los 3 y los 6 meses de vida. La enfermedad es más
frecuente en los bebés prematuros, ya que reciben menos anticuerpos
maternos durante la gestación. No se trata de un trastorno hereditario
y afecta a las niñas y a los niños por igual. Por lo general
dura de 6 a 18 meses. Como la mayoría de los bebés produce
algunos anticuerpos y no presenta problemas con las infecciones, no
necesitan tratamiento.
Sin embargo, algunos bebés con hipogammaglobulinemia
transitoria (en particular los nacidos prematuramente) contraen infecciones
con bastante frecuencia. El tratamiento con inmunoglobulinas es muy
efectivo en la prevención de las infecciones y en contribuir
en el tratamiento y, por lo general, se administran durante 3 a 6 meses.
Se recurre a los antibióticos cuando es necesario.
Anomalía de DiGeorge
La anomalía de DiGeorge se produce debido
a un desarrollo anormal del feto. Esta enfermedad no suele ser hereditaria
y puede afectar tanto a los niños como a las niñas. Los
niños nacidos con esta enfermedad no poseen la glándula
del timo, extremadamente importante para el desarrollo normal de linfocitos
T. Sin linfocitos T no pueden combatir bien las infecciones. Las infecciones
recurrentes comienzan apenas después del nacimiento y el grado
de deficiencia del sistema inmunitario varía considerablemente.
En ocasiones el defecto es sólo parcial, y la función
de los linfocitos T mejora por sí sola.
Los niños con la anomalía de DiGeorge
generalmente tienen problemas cardíacos y rasgos faciales inusuales,
como orejas de implantación baja, una mandíbula pequeña
y hundida y ojos muy separados. Debido a que tampoco tienen glándulas
paratiroides, sus concentraciones de calcio son bajas y suelen tener
convulsiones poco después de nacer.
El trasplante de médula ósea puede
ayudar a los niños con inmunodeficiencia grave. Trasplantar la
glándula del timo de un recién nacido o un feto (fruto
de un aborto espontáneo o inducido) a un niño con la anomalía
de DiGeorge puede también resultar de gran ayuda. En ocasiones
los problemas cardíacos son peores que los inmunológicos
y pueden requerir cirugía para evitar una grave insuficiencia
cardíaca o la muerte. También es importante tratar las
bajas concentraciones de calcio.
Candidiasis mucocutánea crónica
La candidiasis mucocutánea crónica
se produce por el mal funcionamiento de los glóbulos blancos,
que permiten que se produzcan infecciones con el hongo Candida y persistan
tanto en los niños pequeños como en los adultos jóvenes.
El hongo puede causar infecciones bucales (muguet), así como
infecciones del cuero cabelludo, la piel y las uñas. La candidiasis
mucocutánea crónica es algo más frecuente en las
niñas que en los niños y su gravedad varía mucho.
Algunas personas contraen hepatitis y una enfermedad pulmonar crónica.
Muchas tienen problemas endocrinos, como glándulas paratiroides
poco activas.
Las infecciones internas por Candida son poco frecuentes.
Por lo general, las infecciones pueden ser tratadas con el fármaco
antimicótico nistatina o el clotrimazol. Las infecciones más
graves requieren un antimicótico mucho más poderoso, como
el ketoconazol oral o la anfotericina B intravenosa. A pesar de que
la enfermedad generalmente es incurable, el trasplante de médula
ósea ha tenido éxito en un único caso.