SECCION 23 >
PROBLEMAS DE SALUD EN LA INFANCIA
CAPITULO 255
Retraso mental
El retraso mental es la capacidad intelectual
inferior a la normal que está presente desde el momento del nacimiento
o en los primeros años de la infancia.
Las personas con retraso mental tienen un desarrollo
intelectual inferior al normal y dificultades en el aprendizaje y en
la adaptación social. Alrededor del 3 por ciento de la población
presenta retraso mental.
Causas
La inteligencia está determinada tanto por
la herencia como por el medio ambiente. En la mayoría de los
casos de retraso mental se desconoce la causa, pero existen muchos factores
durante el embarazo de una mujer que pueden causar o contribuir al retraso
mental del niño. Los más frecuentes son el uso de ciertos
medicamentos, el consumo exagerado de alcohol, los tratamientos con
radiación, la desnutrición y ciertas infecciones víricas
como la rubéola. Las anomalías cromosómicas, como
el síndrome de Down, son una causa frecuente de retraso mental.
Varios trastornos hereditarios pueden también ser los responsables.
Algunos, como la fenilcetonuria y el cretinismo (hipofunción
de la glándula tiroides), pueden corregirse antes de que se produzca
el retraso mental. Las dificultades asociadas a un nacimiento prematuro,
las lesiones cefálicas durante el parto o los valores muy bajos
de oxígeno durante el nacimiento son otras de las causas de retraso
mental.
Diagnóstico y pronóstico
Una vez que se produce el retraso mental, por lo
general éste es irreversible. Es necesario llegar a un diagnóstico
precoz del retraso mental para poder determinar una educación
de tipo terapéutico así como una planificación
a largo plazo.
La inteligencia inferior a la normal puede ser identificada
y cuantificada mediante pruebas de inteligencia. Tales pruebas presentan
un sesgo de tipo medio, es decir, tienen cierto margen de error, pero
señalan con una razonable exactitud el rendimiento intelectual,
particularmente en un niño mayor.
Los niños con un coeficiente intelectual
entre 69 y 84 tienen dificultades de aprendizaje pero no presentan retraso
mental. Rara vez se les detecta esta deficiencia antes de comenzar el
colegio, sino que precisamente es allí donde los problemas educacionales
y de comportamiento resultan evidentes. Con ayuda especializada, suelen
cursar sus estudios sin grandes dificultades y llevan a cabo una vida
normal.
Todos los niños con retraso mental pueden
beneficiarse con la educación. Los que presentan un retraso mental
leve (un coeficiente intelectual de 52 a 68) pueden alcanzar un nivel
de lectura similar al de los niños que cursan entre cuarto y
sexto grado. Si bien les cuesta leer, la mayoría de los niños
con retraso mental leve puede adquirir las habilidades básicas
necesarias para la vida diaria. Necesitan cierta supervisión
y apoyo, además de medios educativos y de preparación
especiales. Con el paso de los años pueden requerir un sistema
de vida y una situación laboral bajo tutelaje. Si bien, por lo
general, no tienen defectos físicos obvios, las personas con
retraso leve pueden padecer epilepsia.

Los individuos con retraso leve suelen ser inmaduros
y poco refinados, con una capacidad poco desarrollada para las relaciones
sociales. Su pensamiento es siempre muy específico para cada
situación y suelen ser incapaces de generalizar. Les cuesta adaptarse
a nuevas situaciones y pueden demostrar poco juicio, falta de prevención
y demasiada credulidad. Si bien no suelen cometer ofensas graves, las
personas con retraso leve pueden cometer crímenes impulsivos,
por lo general formando parte de un grupo y, a veces, para mejorar su
posición dentro del grupo.
Los niños con retraso moderado (coeficiente
mental de 36 a 51) van evidentemente muy despacio al aprender a hablar
y para alcanzar otras metas del desarrollo, como sentarse, por ejemplo.
Si reciben preparación y apoyo adecuados, los adultos con retraso
leve y moderado pueden vivir con un grado variado de independencia dentro
de la comunidad. Algunos requieren sólo un poco de ayuda, mientras
que otros necesitan una supervisión mucho más importante.
Un niño con un retraso mental grave (coeficiente
intelectual de 20 a 35) no puede recibir el mismo nivel de aprendizaje
que un niño con retraso moderado. El niño con un retraso
profundo (con coeficiente intelectual 19 o inferior) por lo general
no consigue aprender a caminar, ni a hablar, ni tan sólo llega
a comprender demasiado.
La esperanza de vida de los niños con retraso
mental puede ser más corta, dependiendo de la causa y de la gravedad
del mismo. Por lo general, cuanto más grave es el retraso, menor
es la esperanza de vida.
Prevención
El asesoramiento genético ofrece a los padres
de un niño con retraso mental información acerca de cuál
ha sido la causa del retraso y les permite apreciar mejor el riesgo
de tener otro hijo con el mismo defecto. La amniocentesis y el estudio
de las vellosidades coriónicas son pruebas de diagnóstico
que pueden detectar diversas anomalías en el feto, como trastornos
genéticos y defectos cerebrales o de la médula espinal.
Se recomiendan ambas pruebas para las mujeres embarazadas mayores de
35 años debido al gran riesgo que corren de tener un hijo con
síndrome de Down.
La ecografía también puede determinar
defectos cerebrales en el feto. Puede cuantificarse la concentración
de alfa-fetoproteína en la sangre de la madre para buscar señales
de síndrome de Down y espina bífida. Si se logra diagnosticar
el retraso mental antes del nacimiento, esto puede permitir a los padres
decidir acerca de la opción del aborto y poder realizar en consecuencia
una planificación futura de su familia. La vacuna contra la rubéola
ha disminuido notablemente la incidencia de esta enfermedad como causa
de retraso mental.
Tratamiento
El médico de familia, con la asistencia de
varios especialistas, desarrolla un programa completo e individualizado
para el niño con retraso. Un niño con retraso en su desarrollo
debe participar en un programa de intervención precoz tan pronto
se le diagnostique el retraso mental. El apoyo emocional de la familia
es parte integral del programa. Un niño con retraso suele vivir
mejor en su casa o bien en una residencia comunitaria y, en la medida
de lo posible, debe asistir a un centro normal de cuidados diurnos o
estar involucrado en un programa preescolar.
El nivel de competencia social es tan importante
como el coeficiente intelectual a la hora de determinar hasta qué
punto el retraso limitará al niño. Ambos representan grandes
problemas para los niños que se encuentran en la escala más
baja del coeficiente intelectual. Para los niños con coeficientes
intelectuales más altos, otros factores (como los impedimentos
físicos, los problemas de personalidad, la enfermedad mental
y las habilidades sociales) pueden determinar el grado de cuidados que
se necesitan.
Rara vez está indicado enviar al niño
a una residencia y esa decisión requiere un profundo debate entre
la familia y los médicos. Si bien es difícil tener en
casa un niño con retraso, raramente es la causa principal de
discordia dentro de una familia. De todos modos, la familia necesita
apoyo psicológico y también puede requerir ayuda para
el cuidado diario del niño. Esta clase de ayuda puede provenir
de centros de cuidados diurnos, de una niñera y de centros de
cuidados temporales. Un adulto con retraso puede llegar a precisar atención
de forma permanente, para lo cual se le puede internar en un centro
especial para deficientes, en un albergue o en un centro de cuidados.