SECCION 23 >
PROBLEMAS DE SALUD EN LA INFANCIA
CAPITULO 273
Trastornos de la salud mental
Un gran número de trastornos mentales
pueden presentarse en la niñez. Entre ellos se encuentran el
autismo, los trastornos disgregativos, la esquizofrenia infantil, la
depresión, las manías y la enfermedad maniacodepresiva.
También la conducta suicida y sus trastornos, la ansiedad por
la separación y los trastornos somáticos. Además,
el trastorno de identidad se revela inicialmente durante esta etapa,
y los trastornos de abuso de sustancias tóxicas son ahora más
frecuentes entre niños y adolescentes. Otros trastornos mentales
importantes en los niños son la falta de atención, el
trastorno compulsivo obsesivo, y el síndrome de Tourette. Muchas
familias se benefician con la terapia familiar y los grupos de apoyo,
puesto que los desequilibrios mentales en niños y adolescentes
tienden a ser crónicos.
Autismo
El autismo es un trastorno en el cual los niños
pequeños son incapaces de entablar relaciones sociales normales,
se comportan de manera compulsiva y ritual, y a menudo no desarrollan
una inteligencia normal.
Los indicios del autismo habitualmente aparecen
en el primer año de vida, pero siempre antes de los 3 años.
El trastorno es de dos a cuatro veces más frecuente en el sexo
masculino que en el femenino. El autismo es una entidad distinta al
retraso mental normal o a la lesión cerebral, aunque algunos
niños autistas también padecen estos trastornos.
Causas
La causa es desconocida. Sin embargo, el autismo
no es causado por la mala paternidad. Los estudios sobre gemelos indican
que el trastorno puede ser en parte genético, porque tiende a
manifestarse en ambos si ocurre en uno. Aunque en la mayoría
de los casos no tiene causa obvia, algunos pueden relacionarse con una
infección vírica (por ejemplo, rubéola congénita
o enfermedad de inclusión citomegálica), fenilcetonuria
(carencia hereditaria de enzimas), o el síndrome de X frágil
(trastorno cromosómico).
Síntomas y diagnóstico
Un niño autista prefiere estar solo, no relacionarse
íntimamente, no abrazar, evita el contacto visual, se resiste
al cambio, se ata excesivamente a los objetos familiares y continuamente
repite o ritualiza ciertos actos. Generalmente comienzan a hablar más
tarde que otros niños, utilizando el lenguaje de manera peculiar;
otros son incapaces de hacerlo o simplemente se niegan. Cuando se le
habla, el niño a menudo tiene dificultades de comprensión.
Puede repetir palabras (ecolalia) e invierte el uso normal de los pronombres,
particularmente usando tú y a ti en lugar de yo o a mí
al referirse a sí mismo.
La observación de los síntomas en
un pequeño niño autista permite al médico realizar
el diagnóstico, aunque ninguna prueba es específica. Es
posible la realización de ciertos estudios para detectar otras
causas de trastorno cerebral.
Los niños autistas, en la mayoría
de los casos, realizan actos intelectuales irregulares y, como consecuencia,
la evaluación de su inteligencia resulta difícil y hay
que repetir las pruebas varias veces. Los niños autistas habitualmente
rinden más en actos específicos (pruebas de motricidad
y habilidades de localización espacial) que en actos verbales
en las pruebas del coeficiente de inteligencia (CI). Se estima que el
70 por ciento de los niños con autismo presenta además
cierto grado de retraso mental (un CI menor de 70).
Aproximadamente entre un 20 y un 40 por ciento de
los niños autistas, particularmente los que tienen un CI inferior
a 50, padecen ataques antes de la adolescencia. Algunos niños
autistas tienen ventrículos agrandados (áreas deprimidas)
en el cerebro, que pueden observarse en una tomografía computadorizada
(TC). En los adultos con autismo, la imagen de resonancia magnética
(RM) puede revelar otras anomalías cerebrales.
Una variedad del autismo, denominada trastorno generalizado
del desarrollo infantil o autismo atípico, puede iniciarse más
tarde, hasta los 12 años de edad. Como ocurre en el autismo que
comienza en la infancia, el niño con trastorno generalizado del
desarrollo infantil no desarrolla relaciones sociales normales y a menudo
tiene amaneramientos raros y modelos de habla poco comunes. Estos niños
también pueden padecer el síndrome de Tourette, trastorno
compulsivo obsesivo, o hiperactividad. Debido a esto, el médico
puede encontrar cierta dificultad para diferenciar los síntomas
de uno y otro.
Pronóstico y tratamiento
Los síntomas del autismo habitualmente persisten
durante toda la vida. Muchos especialistas creen que el pronóstico
es determinado fundamentalmente por la cantidad de lenguaje frecuente
que el niño ha adquirido hasta los 7 años de edad. Los
autistas con inteligencia inferior a la normal (por ejemplo, los que
alcanzan un valor inferior de 50 en las pruebas de CI) probablemente
requieran un cuidado institucional a tiempo completo cuando alcancen
la edad adulta.
Los niños autistas con niveles de CI casi
normales o altos, a menudo se benefician con psicoterapia y educación
especial. La terapia del lenguaje se inicia tempranamente, así
como la fisioterapia y la terapia ocupacional. El lenguaje por signos
es utilizado en varias ocasiones para comunicarse con niños mudos,
aunque se desconocen las ventajas. La terapia de la conducta puede ayudar
a los niños autistas a manejarse en la casa y en la escuela.
Esta terapia es útil cuando un niño autista agota la paciencia
de los padres, incluso los más adorables, y de los maestros más
entregados.
Los medicamentos en ocasiones son útiles,
pero no pueden cambiar el trastorno subyacente. El haloperidol se utiliza
principalmente para controlar la conducta agresiva y el comportamiento
autodestructivo. La fenfluramina, la buspirona, la risperidona y los
inhibidores selectivos resorbentes de serotonina (fluoxetina, paroxetina
y sertralina) son utilizados para el tratamiento de los síntomas
y conductas de los niños autistas.
Trastorno disgregativo infantil
El trastorno disgregativo infantil se caracteriza
por el hecho de que un niño aparentemente normal empiece a actuar
como uno más pequeño (retroceso) después de los
3 años de edad.
En la mayoría de los pequeños, el
desarrollo mental y psicológico se produce de forma irregular.
Ocasionalmente, un niño normal parece retroceder en su proceso
madurativo, por ejemplo, el que sabe pedir pis que se vuelve
a orinar encima. El trastorno disgregativo infantil, sin embargo alguna
vez es un cuadro grave y puede ser la causa de que un niño que
ya ha alcanzado los 3 años, cese su desarrollo normal (muestra
signos de detenimiento del proceso madurativo) o presente retroceso
del mismo. Habitualmente no se detecta una causa, aunque a veces el
niño tiene un trastorno degenerativo del cerebro.
Síntomas y diagnóstico
El niño con un trastorno disgregativo típico
presenta un desarrollo normal hasta los 3 o 4 años de edad, es
decir, que aprende a hablar, a ir al baño y revela un comportamiento
social apropiado. Después de un período de malestar no
específico y de cambios en el estado de ánimo, en el que
el niño se vuelve irritable y enfermizo, éste inicia una
regresión obvia. Puede olvidar el lenguaje previamente adquirido,
las habilidades motrices o sociales, y puede que no sea capaz de controlar
la vejiga o los intestinos. Gradualmente va deteriorándose hacia
un grave retraso de sus habilidades. El médico llega al diagnóstico
a partir de los síntomas e intenta hallar algún trastorno
subyacente.
Pronóstico y tratamiento
El pronóstico es malo y los niños
con retrasos graves requerirán un cuidado de por vida. Sin embargo,
la perspectiva de vida puede ser normal si no presenta un problema subyacente.
El trastorno disgregativo infantil no tiene cura.
Esquizofrenia infantil
La esquizofrenia infantil es un trastorno que engloba
un comportamiento y pensamiento anormales; se inicia entre los 7 años
y el principio de la adolescencia.
La
causa de la esquizofrenia infantil no se conoce. Continúan las
especulaciones acerca de cuáles son las anomalías químicas
cerebrales comprometidas y el papel que tiene el factor hereditario.
Tampoco se sabe por qué algunos niños desarrollan esquizofrenia
en la infancia, cuando la mayoría no presenta síntomas
hasta muy avanzada la adolescencia. Lo que sí se sabe es que
la esquizofrenia no es causada por una deficiente atención por
parte de los padres.
Síntomas y diagnóstico
La esquizofrenia infantil habitualmente aparece
después de los 7 años. El niño se vuelve introvertido,
pierde interés en las actividades usuales y desarrolla un pensamiento
y una percepción distorsionadas. Esta esquizofrenia es similar
a la que comienza en la adolescencia tardía o al principio de
la edad adulta. Un niño con esquizofrenia, como ocurre con los
adultos, es propenso a padecer alucinaciones, engaños y paranoia,
teme que otros estén planeando dañarlo o controlando sus
pensamientos. Los niños con esquizofrenia también son
propensos a contener las emociones (ni la voz ni la expresión
facial cambian en respuesta a las situaciones emocionales). Las cosas
que normalmente los harían reír o llorar puede que no
les causen ninguna reacción.
El médico basa el diagnóstico en los
síntomas. No existen pruebas diagnósticas específicas,
pero el médico trata de averiguar si existe algún tipo
de drogadicción, exposición a substancias tóxicas
o alguna lesión cerebral.
Tratamiento
No existe un tratamiento curativo, aunque algunos
síntomas pueden controlarse con medicamentos y psicoterapia.
Los fármacos antipsicóticos pueden facilitar la corrección
de algunas anomalías químicas en el cerebro. El tiotixeno
y el haloperidol son bastante utilizados, aunque algunos medicamentos
más nuevos, como la risperidona, pueden lograr mejorías
más evidentes. Sin embargo, los niños son particularmente
propensos a padecer los efectos secundarios de estos medicamentos antipsicóticos,
como temblores, lentitud de movimientos y espasmos musculares, por lo
que estos fármacos deben utilizarse con gran precaución.
Un niño con esquizofrenia puede necesitar
hospitalización temporal cuando los síntomas empeoran,
para que las dosis de los medicamentos puedan ser reguladas y pueda
evitar dañarse a sí mismo o a los demás. Algunos
niños deben permanecer en instituciones.
Depresión
La depresión es un sentimiento de intensa
tristeza, puede aparecer después de una pérdida reciente
o de otro episodio afectivo, pero no guarda proporción con el
mismo, y se prolonga más tiempo del esperado.
La depresión grave es relativamente poco
frecuente en los niños, pero es frecuente en los adolescentes.
A pesar de esto, cierto grado de depresión puede llegar a constituir
un problema en los niños en edad escolar.
La depresión en los niños y adolescentes
puede derivar de episodios o problemas como los siguientes:
- Muerte de un familiar.
- La mudanza de un amigo.
- Dificultad en la adaptación escolar.
- Dificultad para hacer amigos.
- Abuso de medicamentos o de alcohol.
Sin
embargo, algunos niños se deprimen sin haber pasado experiencias
demasiado tristes. A menudo, los miembros de la familia han padecido
depresión y diversos estudios han constatado que ésta
tiende a ocurrir en varios miembros de una misma familia.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas de depresión en los niños
se relacionan con los sentimientos de tristeza incontrolable y de inutilidad.
Al igual que los adultos, los niños depresivos pueden tener pensamientos
suicidas. El médico habitualmente puede diagnosticar la depresión
a partir de los síntomas. Sin embargo, la depresión a
veces se encuentra enmascarada por síntomas aparentemente contradictorios,
como la hiperactividad y un comportamiento antisocial agresivo.
Tratamiento
El médico trata de averiguar si las tensiones
familiares o sociales pueden haber precipitado la depresión y
también indaga si la causa puede ser un trastorno orgánico.
El médico puede recetar antidepresivos, que
actúan corrigiendo las irregularidades químicas del cerebro.
Sin embargo, se han realizado pocos estudios para probar la efectividad
de los antidepresivos en los niños. Los medicamentos que se indican
con más frecuencia son los inhibidores selectivos de serotina,
como la fluoxetina, la sertralina y la paroxetina. Otro grupo de antidepresivos
son tricíclicos como la imipramina, que tienen efectos adversos
significativos y, por lo tanto, se deben utilizar con extrema precaución
en los niños. Para encontrar la dosis óptima de un fármaco
antidepresivo, el médico debe estar atento para detectar cualquier
mejoría en la salud mental o vigilar cuidadosamente la aparición
de efectos secundarios.
El tratamiento de la depresión en los niños
y adolescentes requiere algo más que la terapia con medicamentos.
La psicoterapia individual, la terapia de grupo y la terapia familiar
pueden ser beneficiosas. A los miembros de la familia y al personal
del colegio se les pide que contribuyan a hacer disminuir el estrés
del niño y que hagan todo lo posible por aumentarle su autoestima.
Durante una crisis, con el fin de evitar un intento de suicidio, puede
ser necesaria una hospitalización breve.
Manía y enfermedad maniacodepresiva
La manía es un trastorno del estado de ánimo
por el que un niño se encuentra muy exaltado, entusiasmado y
activo y piensa y habla muy rápidamente. La forma de manía
menos intensa se llama hipomanía. En la enfermedad maniacodepresiva,
los periodos de manía o hipomanía se alternan con períodos
de depresión.
La manía y la hipomanía son raras
en los niños. La enfermedad maniacodepresiva es muy rara antes
de la pubertad y no se descubre en la primera infancia. Algunos niños
tienen marcados cambios del humor, pero estos cambios habitualmente
no significan que se trate de una enfermedad maniacodepresiva.
Los síntomas y el diagnóstico de la
enfermedad maniacodepresiva en los niños y adolescentes son similares
a los de los adultos. Sin embargo, el tratamiento es complejo y habitualmente
involucra una combinación de medicamentos estabilizantes del
estado de ánimo, como el litio, la carbamacepina y el ácido
valproico. Los niños y los adolescentes con una enfermedad maniacodepresiva
deben ser tratados por un psiquiatra infantil.
Conducta suicida
La conducta suicida comprende los gestos de suicidio
(acciones suicidas que no tienen intención de ser mortales),
los intentos de suicidio (acciones que tienen la intención de
ser mortales, pero que no tienen éxito) y el suicidio consumado
(acto con el cual una persona se quita la vida).
La conducta suicida es frecuente entre niños
mayores, sobre todo entre los adolescentes. La tasa de suicidios en
los niños, sobre todo en los varones y especialmente entre los
adolescentes (de 15 a 19 años), aumentó en un 50 por ciento
entre 1 970 y 1 990. El suicidio constituye la segunda causa de muerte
juvenil después de los accidentes. Aproximadamente 14 de cada
100 000 adolescentes llevan a cabo intentos de suicidio. Los varones
lo intentan cuatro veces más que las mujeres. Además,
muchas muertes atribuidas a accidentes automovilísticos o al
uso de armas de fuego en realidad son suicidios.
Causas
El intento de suicidio es un signo claro de enfermedad
mental, habitualmente una depresión. La conducta suicida, a menudo,
se manifiesta a raíz de una pérdida, como puede ser la
de un compañero o compañera sentimental, la de ambientes
familiares (colegio, barrio, amigos) después de un cambio geográfico
o la pérdida de la autoestima después de una discusión
familiar. La angustia que provoca un embarazo no deseado puede llevar
a la conducta suicida. Otro factor puede ser una falta absoluta de rumbo,
estructura y límites impuestos por los padres o por otras figuras
autoritarias. Algunas familias ejercen una presión excesiva para
lograr el éxito. Si el niño cree que tiene pocas posibilidades
de conseguirlo, puede derivar en un intento de suicidio. Un episodio
disciplinario humillante también puede llevar a un intento de
suicidio. Un motivo frecuente es el deseo de manipular o castigar a
otros con la creencia de que "lo lamentarán cuando haya
muerto''.
A veces, el suicidio puede deberse a que el niño
imita las acciones de otros. Por ejemplo, un suicidio al que se le dé
mucha publicidad, como el de una persona célebre, se sigue a
menudo de otros suicidios. Así mismo, pueden producirse brotes
de suicidio en poco tiempo entre jóvenes de una escuela secundaria
o entre estudiantes en régimen de internado.
Prevención
Los padres, médicos, maestros y amigos pueden
encontrarse en una situación que les permite identificar a los
niños o a los adolescentes que puedan intentar llegar al suicidio.
Por ejemplo, pueden notar cambios recientes en la conducta. Cualquier
gesto suicida debe ser tomado en serio. Declaraciones tales como "ojalá
nunca hubiera nacido'' o "me gustaría dormirme y no despertarme
nunca" pueden ser síntomas de un posible intento de suicidio.
Un niño corre un mayor riesgo aún si algún miembro
de la familia, un amigo cercano o un conocido se ha suicidado. Así
mismo, puede influir también la muerte de un familiar o la existencia
de problemas de adicción a drogas o de trastornos de la conducta.
Preguntar directamente a un niño sobre sus
pensamientos y planes suicidas reduce el riesgo de que éste intente
suicidarse. También resultan útiles los programas de participación
comunitaria que apoyan a los jóvenes que padecen estos problemas.
Muchas comunidades disponen de servicios telefónicos que ofrecen
ayuda las 24 horas del día.
Tratamiento
Cada intento de quitarse la vida representa una
urgencia. Una vez que la amenaza ha sido superada, el médico
decide la hospitalización del niño. Esta decisión
depende del riesgo de permanecer en casa y de la capacidad de la familia
para proporcionarle apoyo. La gravedad de un intento de suicidio puede
establecerse teniendo en cuenta distintos factores, por ejemplo, si
dicho intento no fue espontáneo, sino cuidadosamente planeado,
o según el método utilizado (un arma es indicio de un
intento más serio que una dosis excesiva de medicamentos), y
si, efectivamente, se produjo algún tipo de lesión.
Es más probable conseguir un resultado favorable
si la familia da muestras de cariño y preocupación. Una
reacción negativa o de falta de apoyo por parte de los padres
tiende a empeorar la situación. En algunos casos, la hospitalización
supone la mejor protección. Ésta se recomienda sobre todo
si el niño está muy deprimido o padece otro trastorno
de salud mental, como la esquizofrenia. El psiquiatra y el médico
de familia trabajan habitualmente juntos en el cuidado del niño.
La recuperación comprende el restablecimiento moral y de la tranquilidad
emocional en el seno de la familia.

Trastorno de la conducta
El trastorno de la conducta se caracteriza por un
comportamiento reiteradamente destructivo.
Se han identificado varios tipos de trastornos de
la conducta. Los niños y adolescentes con trastornos de la conducta
agresivos solitarios son egoístas, no tienen buenas relaciones
con los demás y carecen de sentimiento de culpa. Los que padecen
trastornos de la conducta grupal son fieles a sus semejantes (como una
pandilla), a menudo a costa de terceras personas. Algunos niños
y adolescentes dan muestras de alteración de ambas conductas.
Los que tienen un trastorno desafiante de oposición despliegan
una conducta negativa, enfadada y desafiante aunque sin violar los derechos
de los demás. Conocen la diferencia entre el bien y el mal y
se sienten culpables si hacen algo grave. Aunque inicialmente no es
un trastorno de la conducta, a menudo evoluciona hacia uno de tipo leve.
Tratamiento
La psicoterapia puede ayudar a adolescentes y niños
a mejorar su autoestima y control, contribuyendo a su vez a la mejora
de su conducta. Los sermones y las amenazas no funcionan. A menudo el
mejor tratamiento consiste en sacar al niño de un ambiente perjudicial
y someterlo a una estricta disciplina.
Trastorno de la ansiedad de separación
El trastorno de la ansiedad de separación
se caracteriza por la ansiedad excesiva al estar lejos de casa o al
separarse de las personas a las que el niño está unido.
Un cierto grado de la ansiedad debida a una separación
es normal y se observa en casi todos los niños, sobre todo en
los bebés y en los niños pequeños. En cambio, el
trastorno de ansiedad de la separación es la ansiedad excesiva
que va más allá de la que se puede esperar para el grado
de desarrollo del niño. Alguna situación perturbadora
en la vida, como la muerte de un familiar, un amigo, un animal doméstico,
un cambio de lugar de residencia o un cambio de colegio, habitualmente
desencadenan el trastorno.
Síntomas
El trastorno de la ansiedad de la separación
dura como mínimo un mes y ocasiona mucho estrés y una
grave disfunción. La duración del proceso refleja su gravedad.
Los niños que padecen este trastorno sienten un gran dolor al
dejar su casa o al separarse de las personas a las que están
unidos. A menudo necesitan conocer el paradero de éstas y sienten
miedo de que les ocurra algo terrible. Viajar solos les incomoda y pueden
negarse a ir al colegio, a un campamento, de visita o a dormir a la
casa de amigos. Algunos niños son incapaces de quedarse solos
en un cuarto, pegándose a uno de los padres o siguiéndole
como una sombra por toda la casa.
A menudo tienen dificultades a la hora de dormir.
El niño con trastorno de ansiedad de separación puede
insistir en que alguien se quede en el cuarto hasta que se duerma. Las
pesadillas pueden representar los miedos del niño, como por ejemplo
la muerte de la familia en un incendio o cualquier otra catástrofe.
Tratamiento
Puesto que el niño que padece este trastorno
a menudo se niega a ir al colegio, el objetivo más inmediato
del tratamiento es conseguir que el niño se reincorpore al mismo.
La terapia de apoyo, sobre todo cuando es proporcionada por los padres
y maestros, es a menudo suficiente para lograr este propósito.
En algunos casos graves, los medicamentos contra la ansiedad y los antidepresivos
pueden ser efectivos. Una pequeña proporción de niños
desarrolla síntomas graves y requiere hospitalización.
Trastornos somáticos
Los trastornos somáticos son un grupo de
alteraciones en las que algún problema psicológico subyacente
produce síntomas de pena e incapacidad física.
Un niño con un trastorno somático
puede presentar distintos síntomas sin que exista ninguna una
causa orgánica, como dolor, dificultad respiratoria y debilidad.
A menudo, presenta síntomas de enfermedades que ha observado
en algún miembro de la familia. Habitualmente, el niño
no es consciente de que exista una conexión entre los síntomas
y el problema psicológico subyacente.
Los principales tipos de trastornos somáticos
son: el trastorno de conversión, el trastorno de somatización
y la hipocondría. En el trastorno de conversión, el niño
transforma un problema psicológico en un síntoma físico.
Por ejemplo, aparenta tener un brazo o una pierna paralizados, se vuelve
sordo o ciego o puede padecer falsos ataques epilépticos. El
trastorno de somatización es similar al de conversión,
pero el pequeño desarrolla muchos síntomas que son más
vagos. En la hipocondría, el niño se obsesiona con funciones
corporales como el latido del corazón, la digestión y
el sudor, y se convence de sufrir alguna enfermedad grave, cuando realmente
se encuentra sano. Estos tres tipos de trastornos somáticos también
se producen en adultos.
El trastorno de conversión y la hipocondría
son comunes a jóvenes de uno y otro sexo, siendo más frecuentes
en las chicas. Así mismo el trastorno de somatización
afecta casi exclusivamente a estas últimas.
Diagnóstico
Antes de determinar que un niño padece algún
trastorno somático, el médico se asegura de que no tiene
ninguna enfermedad orgánica que pueda presentar los mismos síntomas.
Sin embargo, habitualmente se evitan los análisis de laboratorio
extensos, porque pueden convencer aún más al niño
de que existe un problema orgánico. Si no puede detectarse ninguna
enfermedad, el médico habla con el niño y con la familia
para tratar de identificar problemas psicológicos subyacentes
o relaciones familiares anormales.
Tratamiento
Un niño puede rechazar la idea de visitar
a un psicoterapeuta porque el tratamiento amenaza con desvelar conflictos
psicológicos ocultos. Sin embargo, las visitas relativamente
cortas a un terapeuta, que le den confianza y abarquen áreas
no médicas, pueden romper gradualmente el modelo de conducta
del niño. La confianza y el apoyo brindado por los familiares
contribuye a minimizar los síntomas físicos, por los cuales
el pequeño recibe atención médica y cuidados generales
de forma continuada. Si estas medidas fallan, el médico probablemente
tenga que enviar al niño a un psiquiatra pediátrico.